Uno de los principales motivos es la temperatura. Cuando el agua sale más templada del grifo, los compuestos responsables del olor y del sabor se perciben con mayor intensidad. Por eso, una misma agua puede parecernos completamente diferente en invierno y en agosto.
Además, durante el verano aumenta considerablemente el consumo de agua. Las empresas gestoras adaptan continuamente los procesos de tratamiento para garantizar que el agua llegue en perfectas condiciones hasta nuestros hogares, incluso cuando las temperaturas son muy elevadas o aumenta la demanda.
En algunas zonas esto puede hacer que el sabor característico del cloro se perciba ligeramente más, aunque siga encontrándose dentro de los niveles establecidos por la normativa y continúe siendo completamente apta para el consumo.